¿Escritores personajes o personajes escritores? Dios, creo que ya me confundí

Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba haberme visto escribir que escribía y que escribía que escribo que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que ya había escrito que me imaginaría escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo.
(Salvador Elizondo, El grafógrafo)

Escritores como Alberto Ruy Sánchez, Carmen Boullosa, Enrique Serna, Eduardo Antonio Parra, Mario Bellatín y Cristina Rivera Garza, son un puñado de autores que han sido reconocidos mundialmente por su trabajo escrito. Para el presente trabajo utilizaré a tres de ellos, dos mujeres y un hombre, en donde la metaficción aparece como un elemento importante dentro de su narrativa. A manera de desfile de modas y catálogo, presentaré fragmentos de distintas novelas para observar el manejo característico de cada autor.

Es necesario recordar como el tratamiento de la narrativa dentro de la narrativa no es invento de estos escritores. Textos como El libro vacío de Josefina Vicens (1958) y El hipogeo secreto (1968) de Salvador Elizondo, con diez años de diferencia, dan muestra que a mitad del siglo era una de las propuestas temáticas en las novelas: escribir como se escribiría un libro en donde el autor se vuelve parte del relato y los personajes dialogan con el narrador de la historia. No olvidemos que son textos que no nos cuentan una anécdota en particular, más bien, es una reflexión novelada entorno a dicho proceso.

Al primer autor que trataré será Alberto Ruy Sánchez con una de sus obras de su ya famosa tetralogía de Mogador: Los jardines secretos de Mogador (Punto de lectura, 2001). A manera de confrontación por medio de citas del texto se conocerá el estilo y el manejo de la metaficción.
En Los jardines secretos de Mogador, Ruy Sánchez nos adentra, nuevamente, al mundo mágico en donde el deseo, los baños árabes y la memoria se vuelven el hilo conductor de la historia. A manera de leyenda y, en cierto sentido, de novela policiaca y de investigación, la novela inicia:

En la Plaza Mayor de Mogador, un hombre traza un círculo imaginario con la mano extendida y se coloca en el centro. Más que un círculo es una espiral que arranca en sus pies. Levanta los brazos al cielo y convoca a los vientos. […]
Hoy vengo a contarles la historia de un hombre que se transformó en… […]
El halaiquí deja que casi todos digan algo Finalmente hace con las manos un gesto brusco que exige silencio. […]
—Se convirtió en una voz. Una voz que busca ser escuchada con especial atención por la persona que ama. […] Ese hombre tuvo que enfrentar varios retos para transformarse en esa voz de tierra. […]
Esta es mi historia… y nueve veces nueve comienza.

En una primera lectura conocemos que un se extraño contará una historia, su versión de la historia, que se repetirá al infinito al hacer referencia al número nueve. No es gratuita la selección de dicha cifra, ya que representa la inmortalidad. Por otra parte, el autor divide su obra en nueve partes. Entonces observamos que es la voz la que tendrá peso dentro de la historia. Nos encontramos ante un narrador homodiegético en donde hará las veces de narrador al contarnos algo.

A lo largo del texto observamos unas narraciones escritas a manera de prosa poética en donde el personaje principal de la novela, para retomar su vida sexual con su esposa, deberá narrar de la mejor manera posible los jardines secretos en toda la ciudad. Para conocer este otro estilo, doy paso a otra cita:

Déjame resucitar en tus dunas y fijarlas con mis raíces. Déjame oler en tu caja perfecta todo lo que de ti me embruja. Déjame sentir que incrustas en Mí todas tus maderas. Déjame ser prisionero orgulloso de todos tus movimientos. Déjame admirarte como si mil bosques y mares y desiertos hubieran sido invertidos en la perfección cambiante de tu belleza.

De esta manera podemos leer el erotismo característico del autor. Sólo en este tipo de fragmentos es cuando el personaje podrá utilizar sus dones poéticos para reconquistar a su amada. A lo largo de la narración existen imágenes que llevan a la reflexión y el aumento del deseo.

La novela cierra:

Porque en Mogador ya es la hora en que los amantes se encuentran y se cuentan historias.
El halaiquí que se hace llamar “El Jardinero” se niega siempre a decir si Jassiba fue seducida conquistada por sus historias o si sólo él fue seducido por el mundo de Jassiba y es conquistado siempre a decir sí cuando es no, a desear de forma laberíntica y a contar historias de la misma manera.

Sorpresivamente leemos que el viejo que el narrador que comienza la historia es el que cuenta, al final de la misma, su autobiografía. Entonces es el primer narrador homodiegético mutado a uno autodiegético.

La siguiente autora a la que quisiera hacer referencia es a Carmen Boullosa. Autora que pareciera no tener un freno en su producción literaria, nos comparte dos novelas en donde el juego de las narradores es importante:Cielos de la tierra (Alfaguara, 1997) y El complot de los Románticos (Siruela, 2009). En la primera novela no se toca tanto esta manera de narrar, sin embargo es importante mencionarla, ya que Boullosa habla de una novela no de autor, pero si de autores. Un editor, la misma autora y los tres personajes que dan voces a distintas situaciones de la novela son los actantes para el desarrollo de la misma.

En El complot de los Románticos el tratamiento es distinto y, principalmente, curioso. A lo largo del texto aparecen capítulos haciendo referencia a la intervención de la autora. Es aquí donde Boullosa entra como personaje, habla como autora y cede la palabra al sentirse cansada. El capítulo titulado “El pasar la toalla” es el claro ejemplo de esta situación:

—¡Un momento!
— Ningún momento. Te pasé la toalla y no regreso hasta que sea mi turno. Buena Suerte.
— Me dejas con problemas que no tengo por qué heredar. ¿ Cómo crees que voy a echar a andar hacia el sur juntos al florentino Dante, a una poeta gringa sin nombre, y a ti, una mexicana que vive fuera de México, y encima de mal tercio llevármelos montando ratas? No puedo hacerlo.

A manera de juego narrativo, Boullosa nos presenta una postura en donde todas las personas pueden ser escritores de alguna historia. Con alusiones a la vida misma de la autora, la confusión crece al momento en que todos los autores dentro de la novela intentan dar su visión de una situación. Son diálogos tan activos que sería fácilmente adaptarlos a un cortometraje.

Mas adelante en la historia, la autora da voz a Rosario Castellanos y a Alexander von Humbolt para dar su opinión al respecto de la obra ganadora del certamen literario. Así como a estos personajes que se encuentran en el limbo literario, se conoce un fragmento de la obra galardonada. La autora de nombre Dolores Veintimilla entra en escena. Entonces ya no es Carmen Boullosa real, ni ficticia, ni aquél escritor que tiró la toalla, si no que es una narración con distintas voces.

La última narradora que utilizaré será Cristina Rivera Garza con La muerte me da (Tusquets, 2007). Escrita a manera de thriller, nos encontramos ante una autora donde el lenguaje es lo importante. Al igual que los autores antes desarrollados, Rivera Garza se otorga la licencia de convertirse en personaje dentro de su propio relato. Insertando poemas de Alejandra Pizarnik, los propios textos de la asesina de la historia, reportes como nota roja, así como un artículo sobre la autora argentina, la historia se va conociendo poco a poco. Para hacer referencia al manejo del lenguaje y la polisemia cito el siguiente fragmento:

Pensé —y aquí pensar quiere en realidad decir producir una imagen— en los cuerpos castrados de los tres hombres jóvenes que habían aparecido desnudos y sangrantes sobre el asfalto de la ciudad. Pensé —y aquí pensar quiere en realidad decir oír el eco— en la palabra castración y en todas las referencias trágicas del término. Pensé —y aquí pensar quiere en realidad decir ver— en lo larga, en lo interminable, en lo incesante que era la palabra des-mem-bra-mien-to. Pensé —y aquí pensar quiere en realidad enunciar en voz baja— en el término asesinatos seriales y me di cuenta de que era la primera vez que lo relacionaba con el cuerpo masculino. Y pensé —y aquí pensar quiere en realidad practicar la ironía— que era de suyo interesante que, al menos en español, la palabra víctima siempre fuese femenina.

Es evidente el manejo lingüístico que Rivera Garza emplea para la construcción de su novela. Al escoger sólo un verbo, la autora comienza a jugar con distintos significados que a ella le resulta conveniente como parte de la trama de la historia. Además, insita al lector al ser cómplice de dichos juegos al reflexionar junto con ella sobre la acción de pensar. Con burla, la narradora de la historia muestra su sentir sobre la situación de los jóvenes castrados remitiendo a la separación silábica para hacer, aún más extensa, la palabra desmembramiento. Al igual de la ironía que la lengua española presenta como tal.

De cierta manera, realicé el recuento, no de los daños, pero sí de los escritores que, a mi parecer, presentan una mayor evidencia del manejo de la metaficción. Sólo son unas cuantas voces dentro de la creación literaria contemporánea. Sin embargo, nos dejan con una grata experiencia al leer, revisar y estudiar sus textos literarios.

Boullosa, Carmen, El complot de los Románticos, México: Siruela, 2009.
Rivera Garza, Cristina, La muerte me da, México: Tusquets, 2007.
Ruy Sánchez, Alberto, Los jardines secretos de Mogador, México: Punto de lectura, 2001.

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