Retch Better Keb – Parte 4

Posted in Cuento on junio 20, 2012 by alanasm

—Perdona la tardanza, Herbert, me entretuvieron un poco.

—Hola, Kurt, ¿cómo te va?

—Qué frío estás. ¿Te encuentras bien?

—No. hay algo que necesito decirte.

— ¿Qué pasa?

— ¿Recuerdas cómo murieron mis padres?

—Sí, hubo una explosión.

—Eso no pasó.

— ¿Entonces?

—Yo tuve la culpa

— ¡Cómo crees!, no digas eso.

—En serio.

—Tranquilo, todo estará bien.

—No, no estará bien.

—Toma tu té, anda.

—No me toques.

—Respira

— ¡Que no me toques!

 

 

Hace dos días que no veo a Herbert. Espero no haya intentado otra vez… ¡Ah!, aquí viene.

—Discúlpame, Kurt, no sé qué pasó—. Nuevamente trae la cara lastimada.

—No has sido el primero en dejarme un ojo morado. ¿Ya tomaste…?— le digo al extenderle un vaso con agua.

—Sí, antes de venir a verte—. Lo observo tranquilo, sin embargo me aterra su mirada.

—Bueno, ¿cómo te sientes?

—No lo sé, he tenido unos sueños perturbadores—. No me mira a los ojos, es la primera vez que lo hace. Contempla la habitación, mis libros, estatuas y fotos.

— ¿Qué clases de sueños? —le pregunto mientras camina hacia la ventana.

—Es un hermoso día. Tienes una vista preciosa, en ni cuarto no veo nada.

—Herbert, ¿qué has soñado? — insisto.

—Ah, sueño con mis padres y mi hermano… No estamos en el castillo de la colina. Me veo como cuando tuve 10 años. Hay días que sólo es eso. Otras veces me veo nadando en un lago rojo— no deja de mirar hacia afuera—. Y luego está…esa situación.

— ¿Cuál situación, Herbert?— camina hacia la mesa, vuelve a tomar asiento y me ve a los ojos. Me pesa su mirada, muy distinta a otras veces.

—Estoy en un edificio muy grande, vivimos muchas personas; cada familia en un cuarto distinto. Me da asco, no tengo sirvientes que me aseen ni gente bajo mis órdenes.

—Dime, ¿en qué año estamos?

—Cómo me preguntas eso… No ves que las personas están emocionadas por la entrada del nuevo mileno, el famoso siglo XX.

—Entiendo.

—Yo tuve la culpa —dice mientras baja la mirada y aprieta sus manos. Sigue con los vendajes, un poco deshilachados.

— ¿Qué pasó con tus brazaletes?

—Quise quitármelos, me lastiman las muñecas y comencé a morderlos.

—Sabes que no debes hacerlo. Platícame, ¿de qué eres culpable? —di un trago a mi café, además de su sabor quemado que raspa mi garganta y está frío.

—Desayunamos madre, Lloyd mi hermano y yo antes de lo acostumbrado, porque padre llegaba de viaje. Estábamos cada vez más ansiosos, no lo habíamos visto y la diligencia tardaba. Pasaron días y madre no tenía noticias al respecto. Comenzó a sentirse sola, triste, la mansión no era ya la misma—Herbert habla de manera pausada, tiene los ojos cerrados como si viera dentro de sí lo que pasó—. Los días se volvieron meses, años. Ahora yo tenía a cargo las empresas de padre. Madre volvió a casarse con ese Lord que despreciaba a mi hermano, pero a mí me traba como si en verdad fuera su hijo. Un día, que llegaba de cacería, un hombre caminaba con madre, en su mirada veía tristeza y mi hermano adentrándose en el bosque. Pedí que guardaran mi caballo y corrí para alcanzarlos. Oí un grito de madre. Corrí y vi una cabaña. Entré, madre estaba arrodillada llorando sobre el cuerpo de mi padrastro— Ahora Herbert habla con mayor rapidez y fuerza—. El hombre me miró, lo reconocí, por fin veía a padre, mi verdadero padre. Intenté abrazarlo, pero me apuntó con su pistola, llamándome bastardo.

— ¿Por qué te callas, qué pasa?

—Lo demás es muy difuso, veo a madre, padre y Lloyd en el suelo; yo cubierto de sangre con una pistola en la mano—. Me voltea a ver, sus ojos están cubiertos de lágrimas. Ahora es una pistola lo que trae en la mano.

—Herbert, necesito que descanses. Tranquilízate, no quiero que lastimes a otra persona.

 

Camino hacia la puerta, lo miro, de nuevo voltea hacia la ventana. Salgo del cuarto.

 

—Procura no hablar con él, está muy sensible y puede ser fatal.

—Sí, doctor— me contesta la enfermera de Herbert.

Retch Better Keb – Parte 3

Posted in Cuento on mayo 16, 2012 by alanasm

—9 de mayo— Era de suponerse que en el transcurso del día no iba a pasar nada pero el que haya sido el rostro de mi esposa hace aún más siniestro…no sé.

Fui hacia la biblioteca donde tengo prohibida la entrada a todas las personas, para que no les ocurra algo parecido a mí. Mientras tanto, pensaba por qué esa silueta me hacía sentir mal. Escuché de nuevo los metales. Me asomé por la ventana y en ese momento del bosque salía la túnica envuelta en las llamas azules.

Salí del bosque y llegué donde me descuidé ayer. Avanzamos un tramo más. A lo lejos, pude visualizar una pequeña cabaña destrozada. La silueta desapareció. Me acerqué con cautela hacia la puerta. Logré abrirla sin ninguna dificultad; la cabaña por adentro tenía un hedor especial como de humedad combinada con algo que no pude reconocer.

Recorrí toda la planta baja. Al observar que estaba vacía, decidí irme de ahí para no perderme de regreso. Al intentar salir de la casa, oí como una parte del suelo crujía. Me acerqué donde supuse salían los ruidos. Observé una trampilla sin ningún candado en la cerradura. La abrí y bajé por unas escaleras de madera. En ese momento, el olor, con mayor intensidad, se apoderó de la habitación. Empecé a recorrer el lugar mirando hacia el piso por la escasa luz que entraba. Levanté mi cara y pude ver algo colgado; me llevé las manos a la boca. Grité al aire y pensé ¿por qué bajé esos escalones? No puedo creer lo que vi. La trampilla no la debí haber abierto. Mis más grandes temores se resolvieron frente a mis ojos.

El olor se volvió muy penetrante, no pude aguantar el asco y no llorar, ya que estaba viendo los cuerpos colgados y putrefactos de mi esposa e hijos. Descolgué los cuerpos. En el suelo observé charcos de sangre creados por las heridas de los mismos, así como una frase escrita repetidas veces en la pared: retch better keb.

Oí detrás de mí una carcajada, mas no había nadie. Del suelo surgían unas llamas azules en forma de círculo, creando varios anillos. La silueta aparecía lentamente. Salió de los anillos y caminó hacia mí. Intente ver su cara, mas era inútil. Al estar a mi distancia estiró su mano y me tocó con un dedo en la frente.

 

 

Una luz blanca y de repente me veía en el parque central, buscando a mi esposa, ya que se había adelantado. La encontraba sentada en una banca pero ella no alcanzaba a verme. En eso, un señor se acercaba, se sentaba junto a ella, se saludaban, se abrazaban, charlaban y empezaron a besarse. Cerré mis puños de la reacción. Me veía caminando de regreso maldiciendo a las personas que me estorbaban al pasar. De nuevo la luz blanca y yo andando con mi esposa a lado mío por el bosque. Entrábamos a una cabaña y a los pocos minutos los dos niños también. Ahora me veía en el sótano, agachado, sobre el cuerpo de mi esposa, cortándole sus venas y mientras se desangraba la colgaba. Oí gritos. Los niños vieron todo y antes de que salieran corriendo, logré alcanzarlos, bajamos al sótano e hice exactamente lo mismo con ellos. Luego, con la sangre que había en el suelo, escribía mi nombre en la pared muchas veces. De nuevo la luz blanca.

 

Vomité al contemplar de nuevo la escena. Subí los escalones corriendo y tropezándome, llegué a la trampilla. Se me dificultó abrir. Salí de esa cabaña. Llegué a la mansión. Termino de escribir estos papeles con mucha desesperanza. ¡Ahora sé por qué nunca creí lo que decían en el pueblo! ¡Ahora sé el porqué de los mensajes! ¡Dios mío, ya no puedo más! ¡El único remedio será eliminarme!

Retch Better Keb – Parte 2

Posted in Cuento on mayo 16, 2012 by alanasm

—7 de mayo—Durante dos días no pude levantarme de la cama, la ama de llaves me comentó que me encontró a la mañana siguiente a punto de caerme del balcón. También, que entre sueños gritaba, me quejaba y pedía que todo parara. “Estuvo con fiebres muy altas, cada vez que usted abría los ojos, su mirada parecía perdida y violenta, con lo medicamentos pudimos tranquilizarlo”, me dijo antes de salir de la habitación haciendo hincapié que no me quite los brazaletes; espero sean de protección. Dormí la mayor parte del día.

Ya en la noche, volví a la biblioteca para copiar el mensaje que aún se encontraba en la pared para luego buscar su significado.

Habían pasado más de dos horas y continuaba sin descifrar algo. Sabía que eran runas, ya las había visto antes, pero no sé lo que significan; al ser una escritura muerta que usaban aquí en Irlanda, era necesario un libro donde encontrar el símbolo y su significado. Me levanté del escritorio y fui directamente a la ventana. Miré hacia fuera donde había visto la silueta; agarré un libro de lenguas y escrituras antiguas. Lo abrí en letra R y páginas posteriores encontré lo que buscaba: RUNAS. La palabra en sí significa “secreto” y el sistema más conocido era el “Futhark” que constaba de 24 runas, no letras. En ocasiones, con las combinaciones necesarias, se usaban como amuletos para protegerse del mal.

Mientras iba descifrando los símbolos, volví a escuchar los metales y gemidos. Salté del asiento y fuí directamente a la ventana, la silueta volvió aparecer señalándome de nuevo. Observé la pared. El mensaje había sido sustituido por uno más siniestro. Corrí a la mesa para copiar el nuevo, que transcribí lo más fielmente posible.

Volví a la ventana, todo estaba tranquilo. Me puse a transcribir los dos mensajes.

TÚ ERES EL CULPABLE

Y

SU MUERTE SERÁ EL INFIERNO QUE VIVIRÁS

Mientras terminaba de escribir y me dejaba caer en el sillón, el mensaje fue desapareciendo dejando sólo las fotografías.

—8 de mayo—No logro entender los acontecimientos que habían ocurrido en estos días. La servidumbre cree que es por la soledad que sufro, pero imagino que esa silueta quiere decirme algo. Trato de relajarme, pero es tanta la depresión de estar solo en esta mansión que ni siquiera tengo la fuerza de voluntad para superarlo y poder salir de tan agobiante situación.

Decidí regresar a la biblioteca, en la noche, para poder observar si se volvía aparecer dicha criatura. Sólo que… no sabía qué hacer: si sólo verla o seguirla…

La biblioteca estaba silenciosa. Pasaron cinco minutos y las cadenas se volvieron a escuchar. Tomé la decisión de salir de la mansión y correr hacia donde la silueta se encontraba. Al llegar vi cómo se movía dentro de los árboles. La seguí para ver hacia dónde me conducía. Llegué a un lugar donde nunca había estado, mientras observaba los alrededores, la silueta desapareció. Regresé a la mansión que se veía aun más oscura Daba lástima entrar a ella. Fui directamente a mis aposentos pensando en si sería correcto volver a seguir a la misteriosa sombra.

Retch Better Keb – Parte 1

Posted in Cuento on mayo 15, 2012 by alanasm

Para Brenda Artigas

Creer en aquello que sabemos de antemano que no es así

Mark Twain

—8 de mayo—Creo me estoy volviendo loco. No recuerdo con claridad lo que ha pasado en los últimos días. Más que un diario son notas de aquellas situaciones que me han atormentado. Espero que pueda rectificar y no perder la poca cordura que me queda al momento de escribirlo. Empezaré con mi nombre: Herbert Beckett.

—4 de mayo— Era de noche, como aquellas en las que uno no quiere salir de su cama por la sensación de tristeza que hay en el aire, cuando me encontraba caminando por el pasillo que recorría alegremente con mis hijos años atrás. Iba solo, cabizbajo, con una vela en mi mano para alumbrar mi recorrido. Observaba las paredes donde tenía colgadas fotos de mis antepasados, así como ese gran árbol genealógico. A lo lejos, escuché el aullido de los lobos los cuales nunca he podido soportar desde que he sabido que vivo aquí, en aquel bosque donde no cualquiera se atreve penetrar, ubicado en la parte posterior a mi mansión.

Llegué a la biblioteca y al abrir las puertas oía cómo los tablones de madera rechinaban, igual el piso con cada paso dado. Un rayo cayó en el bosque fulminando, creo yo, varios árboles. Se iluminó de momento la estancia. Con pereza cogí uno de los libros favoritos de mi difunta esposa. ¡Ay, amada mía! ¿Por qué tuviste que salir con los niños esa noche tormentosa? Aún es pronto el accidente como para olvidarlo. ¡Por qué el cochero tuvo que tomar ese camino! ¿Es que, acaso, tenía ese plan en mente? ¡Oh, mi amada!… Mas me estoy desviando de mis propósitos.

Me senté en el sillón rojo donde ella acostumbraba acomodarse, mientras leía en las noches de invierno, a lado de la chimenea. Escuché ruidos en el pasillo, creyendo que era la servidumbre, no les di importancia. Sonaron con mayor fuerza. Miré el reloj y me percaté de la hora, no por la manecillas, sino por las doce campanadas —froto mis ojos, casi no he dormido— Sentí un viento helado recorrer la habitación, sin embargo los ventanales estaban cerrados. Al dar la última, los libros de los distintos estantes volaron por la habitación, los ruidos como de cadenas y metales aumentaron de intensidad. De nuevo el viento frío que apagó la velas —mi mano tiembla al recordar lo que sucedió después, la luz blanca me ciega un poco—.

La habitación se alumbraba sólo con los relámpagos de la tormenta. Ya no escuchaba los metales, sino como que alguien intentara abrir la habitación. Caminé hacia el ventanal y miré el claro del bosque. Mi cabeza daba vueltas; —¡Dios!— a través de los cristales miré cómo mi rostro palidecía. Una silueta encapuchada caminaba hacia la mansión. Se detuvo y, creo, no estoy seguro, miraba hacia donde yo estaba. Se quitó la capucha y me paralicé, ¡era el vivo rostro de mi esposa, pero sus ojos no eran los mismos! Levantó sus manos y me señaló. Volteé al interior y en un nuevo resplandor, observé que en la pared, encima de las fotografías, estaban escritos unos símbolos. Regresé mi mirada hacia fuera. Ese ser seguía señalándome, pero ya no era el rostro de mi esposa era…era… ¡monstruoso! Me tapé la boca con mi mano para ahogar el grito. De la punta de su dedo surgió una flama azul que poco a poco comenzó a cubrirle todo el cuerpo. Sentí como si me desvaneciera en el aire, con esa carcajada que aún retumba en mi cabeza.

Lucrecia

Posted in Cuento on mayo 4, 2012 by alanasm

Para ACO

Acepta, pues, y omite la costumbre,
estatua juzga el resto de tus días
y el jade de tus labios da a la lumbre.

 

“El Cardenal Bembo escribe a Lucrecia Borgia”

Luis Antonio de Villena

 

 

Mia cara sorella:

 

No pienses en más islas apacibles / la copa y los perfumes en que fías / todo ya es. Rumores, leyendas e historias se escribirán en torno a tí y, sin embargo, ninguna de ellas será cierta. Sólo yo conoceré nuestra intención y la verdad entre nosotros tres. ¿Importará, acaso, lo que la gente podrá opinar? Lo dudo y no me importa.

Cómo olvidar aquellos días en que, mientras platicaba con Rodrigo, moviendo lentamente la cadera de derecha a izquierda entrabas al salón haciendo que volteáramos a verte. Tu dulce cuerpo delineado, que invadía mis largas noches de sueño, y provocaba el aumento de ritmo de mi corazón, que tocabas al invitarnos a iniciar los juegos carnales. ¿Lo disfrutas, no es así? Sentirte bella, única y deseada. Te diriges a mí pasando tu mano por mi barbilla que deja ese dulce aroma que me cautiva. Rodrigo te atrae hacia él, me inquieta y lo sabes.

Ven, mi amada, te espero en mis aposentos; la cama nos llama. No importa que otras personas hayan pasado por ella, eres tú la indicada, la que me enciende y domina, aquella que despierta en mí… No lo dudes, sólo es a ti a quien deseo. Quiero sentir cómo me atraes, mientras terminas de desnudarme. Tus uñas me rasguñan el pecho; lo disfruto y cierro los ojos cuando lames la herida. Mis manos recorren tu espalda mientras beso tu nariz, tu frente, tus orejas y el cuello; lo giras y cierras los ojos. Nuestros sexos están juntos, calientes y firmes; de nuevo nuestros labios mientras me ordenas en susurros combinados con gemidos. Me pellizcas por partes, te ríes de mis reacciones provocándote hacerlo con mayor fuerza, hay un poco de dolor que es exquisito. Te penetro con fuerza, como me pides para después alentar el paso. Tú ordéname, sabes que estoy dispuesto a todo. Cómeme mientras yo deseo que lo nuestro nunca termine. Ven, te sigo esperando.

Sabes, reconozco el odio y los celos que llegué a sentir cuando Rodrigo recorría con sus labios tu ser desnudo y recostado como altar. La sangre hervía y la sentía recorrerme. Acepté entrar al juego sólo por ti con tal me dejaras disfrutar de tus dulces aromas, caricias y sabores. No importaba que sintiera sus manos en mí, su aliento en mi espalda mientras yo besaba tus pechos y acariciaba tu abdomen.

Recorría desde tu cuello hasta tus dedos, deteniéndome para quitar, con cuidado, ese anillo blanco que desdeño y ha traído muertes a tus amantes. A veces pienso que un día seremos condenados también y vaciarás ese líquido que se esconde en tu dedo.

El Cardenal Bembo quisiera excomulgarnos por nuestras prácticas incestuosas, mas si observaras cómo te mira, estarías de acuerdo conmigo en que él es tan culpable como nosotros. Incesto, me río de esa palabra. Aquí la sangre no importa, sólo el poder ser tuyo y poseerte. El deseo que desbordas mientras hablas y yo sin poder entrar a ti. ¿Aún lo dudas?

La piel de mi espalda se eriza cuando me devoras con la mirada y pronto termina al sentir los labios de Rodrigo sobre los míos. Cierro los ojos no por placer, sino repulsión. Cómo deseo que sean los tuyos y no los de él. Ayúdame a verter tu líquido en su copa.

Sospecho que él ya sabe de mis planes. No deja de mandarme a distintas empresas diplomáticas en la región. ¿Será posible que algún día pueda expresarte todo mi amor y el placer que me incitas, no por cartas u otros medios que no sea mi voz en tu regazo? Al parecer no lo creo viable. Los celos me invaden cada vez que él te toca y tú reaccionas esplendorosa. Cómo preferiría sólo ser yo pero es imposible. Ser esa persona con mucho poder y consentirte con riquezas. Eso y la muerte de Rodrigo, nuestro padre, es lo que me tiene preocupado, mas es imposible. Lo demás son imposibles.

 

Il tuo amante

                                     César Borgia

Efímero

Posted in Cuento on mayo 2, 2012 by alanasm

Dura ha de ser la vida, cuando los años pasen
y destruyan al fin la ilusa patria de tu adolescencia

cuando veas, igual que hoy, este fantasma

que tiempo atrás te consoló con su belleza.

“Epitafio frente a un espejo”

Juan Luis Panero

Te vi cuando, con un gesto que pretendió ser disimulado, le echaste una mirada al espejo. ¿Qué esperabas descubrir? Dura ha de ser la vida para ti mientras cepillas tu cabello. Pareciera que fue ayer cuando te conocí y, mira, todo el tiempo que ha pasado desde que yo ya no estoy a tu lado. ¿Qué fue lo que hiciste con tu vida después de mi partida? Sigues con la misma rutina quejándote y pidiendo consuelo para curar tu mal. Esto es para ti, cuya única certidumbre es tu recuerdo. Sientes como si ya estuvieras cerca de la tumba. ¿Por qué no quisiste cambiar tu propio destino?

Dura ha de ser la vida, cuando los años pasen te dices al dejar el cepillo. Lo triste de todo es que han pasado sin que te dieras cuenta. ¿Podría decirse que el tiempo transcurrió a tu alrededor y en ti no se obser- va? Diría que no, al contrario. Es en tu cara donde se ven las marcas de sufrimiento y dolor que has mante- nido. Tu bello rostro que recorría con mis manos para decirte que todo estaba bien. Rostro que tiempo atrás te consoló con su belleza sabiéndote hermosa y única.

Cuando el amor con un vestido ajado se presentó junto a ti, no resististe la tentación personificada. Caíste en las redes de la mentira sin saber que yo me enteraría. Disfrutabas los juegos coquetos en los cam- pos afrodisíacos, mientras yo preparaba la forma de hacerte sufrir. Serías motivo de burla, de piedad o de asombro. Todos conocerían las atrocidades que realizaste, no podrías esconderte.

Duro ha de ser para tu cuerpo ver morir el deseo, cuando ni él ni yo respondíamos a tus llamadas. Lo siento, que- rida, no seré tu burla ni premio de consolación. Entregué todo por ti y esa fue la forma como me agradecías. Tu rostro perdía ese hermoso candor y tu cuerpo perdía tu fina figura. Y buscar sin pasión tu reposo no te llevaba a la satisfacción.

Dura ha de ser la vida, tú que amaste el mundo y ya ni de casa quieres salir. Contemplas por la venta- na aquél horizonte que te transportaba, años atrás, a lugares inimaginables habitados por seres extraños e interesantes, que con una mirada o una suave caricia soñaste poseerlo. Maldices en voz alta la farsa que pro- piciaste. Miras el interior de tu cuarto: oscuridad, desesperación, soledad y tristeza al igual que el interior de tu alma que no esté más adornada con lo efímero y bello.

Dura ha de ser la vida hasta el instante en que descubras que la muerte ya está cerca de ti. Tomarás tu cepillo y mientras te cepillas, pensarás en el porqué de tu decisión. Una lágrima recorre tu mejilla y se de- tiene en tus labios y tus labios fríos no tendrán ya refugio en los labios de otra persona que te ame. No podrás llevarte al nuevo viaje que iniciarás sola con tu alma y el arrepentimiento. Ya no hay lágrimas, ya no más; has secado todo tu interior. Vamos, no hay que hacer esperar a la anfitriona. Te recostarás en la cama, cerrarás los ojos y en tus manos vacías abrazarás la muerte.

Banquete

Posted in Cuento on abril 18, 2012 by alanasm

Aquellos que deseen asistir, comensales

De este blanco mantel,

Se deben rasgar con las uñas los ojos.

“Invitación a un blanco mantel”

Francisco Brines

La comida está lista, la mesa servida y los invitados dispuestos a ocupar sus lugares. ¿Cuál será el menú de esta ocasión? Se preguntan mientras terminan de alistarse. Unos ríen, otros gritan, todos festejan. El anfitrión choca el cubierto con la copa pidiendo la atención de los presentes. Blanco mantel. / Es un error: pues no hay color, ni hay lugar prevenido, / ni nada que soporte / lo que habrá de ser luz, o lo indeciso. Toma su lugar. Los comensales, estupefactos, lo observan acomodarse la servilleta debajo del cuello. ¿Qué habrá querido decir con eso? Comienzan a servirse las copas con un líquido viscoso. El sabor es extraño, como si fuese algo oxidado. Las charolas son descubiertas; no hay platillo alguno. ¿Acaso es una broma? Aunque el anfitrión ni siquiera se inmuta.

Mira a los presentes, da un trago a la bebida. Cierra los ojos, respira profundamente. Acerca su mano derecha al ojo del mismo lado y con fuerza aprieta hasta sentir brotar la sangre. No grita, no siente dolor alguno. Es su ojo el que está en el plato, transmitiendo, aún, las imágenes hacia el cerebro. Se mueve para los lados capturando desde su nueva posición.

El anfitrión toma, ahora, el cuchillo para la carne dirigiéndolo hacia su oreja. De un solo corte desprende la carne y la acomoda en el plato junto al ojo. A diferencia del primer sentido, éste ya no tiene respuesta. Es sólo una parte más del cuerpo. Piensa sus acciones fríamente y con peñascos secos quebrantar los oídos debe continuar el festín.

Las reglas son claras: desprender cada uno de sus sentidos, compartirlos con las personas importantes en su vida, no manchar el blanco mantel si no sufrirá. No hay que tener miedo al dolor, es la única forma de defensa del cuerpo. No le temas pues no existe el dolor que se aproxime. Te privarás de cada sentido. Serás parte de tus seres queridos.

El anfitrión vuelve a cerrar el ojo que le queda, abre su boca. Con una mano estira la lengua y con la otra corta. La coloca, al igual, en el plato. La sangre escurre, abundante, por su barbilla y mancha su traje, mientras evita el contacto con el blanco mantel. Recuerda que no debes mancharlo.

Faltan dos sentidos, ¿cuál seguirá? Dejar de oler o ya no sentir. Tienes que hacer la selección para que tus invitados puedan comer. Alguien intenta gritar pero no hay canto que oír.

El mismo cuchillo que ha servido para desprender el gusto y el oído, ahora comienza su trayecto por el brazo izquierdo para buscar el lugar perfecto y cortar. Penetra con fuerza hasta chocar con el hueso. Como si fuera un reloj, baja poco a poco. Con el único ojo ve el trayecto del mismo desprendiendo esa parte. Con mucho cuidado rebana el brazo hasta que, extrañamente, ahora sí un escalofrío recorre su cuerpo y el dolor comienza a incrementar. ¿Por qué demonios me duele, qué hice mal? No sólo le zumba el brazo, sino la lengua, el oído y el ojo.

El ojo aventurero en el plato observa cómo el blanco mantel comienza a teñirse de rojo. No recordó que la sangre del brazo sale con presión siendo la que provoca el dolor y si lo manchas —recuerdas las indicaciones— ya puedes conocerte.  La presión le aceleró el corazón hasta detenerlo.